Escribir una Carta
Te invitamos a ESCRIR UNA CARTA:
Tal vez en este tiempo de pandemia te quieras animar a escribir una carta a una hermana o hermano que acorte distancias, anime el corazón y sane un poco al mundo de hoy, así como lo hacía Susana…
Diciembre de 2003
Mi muy querida Sis:
De nuevo me tienes aquí, escribiéndote, haciéndome la ilusión de que estamos juntas y que me estás escuchando. La distancia que nos separa, tú en el DF y yo en Guadalajara, no es obstáculo para hacer de cuenta que te estoy platicando.
Como es el mes de diciembre, e igual que todos los años, me entra la nostalgia y me da por recordar las Navidades cuando vivíamos en casa de Papi y Mami.
Estoy segura de que tú te acuerdas cuando pasaban por las calles los inditos y las inditas pastoreando su parvada de guajolotes, allá en la colonia Roma en Tabasco número 144. Mami compraba dos o tres para irlos cebando a tiempo de que estuvieran bien gorditos para el día de la comida de Navidad. Por tradición inglesa siempre se celebró en la casa el 25 de diciembre al mediodía, que es en realidad el cumpleaños del Niño Jesús, y era todo un acontecimiento familiar.
Sin duda tú tienes recuerdos anteriores a esa casa y a las Navidades en Guadalajara, pero yo sólo puedo referirme a los tiempos en que tú, Delfina y Letty andaban noviando, y yo era muy pequeña.
Volviendo a la acarreada de guajolotes por las calles, gritaban: “¿Quién compra? Coconos y coconas, guajolotitos vivos”. Y salíamos corriendo Ivonne y yo para ver cómo negociaba Mami con los “marchantes”. A veces llevaban el buche bien gordo, pero al palparlos se sentía que los habían alimentado con piedritas revueltas en el grano para que se vieran más gordos. Por fin, hecho el trato y llegado a un acuerdo, las sirvientas y la nana los abrazaban y los llevaban, muertos de miedo y gritando su típico gordo-gordo-gordo, hasta la azotea de la casa, donde además de haber dos cuartos enormes para el servicio estaban los lavaderos (aún no se conocían ni las lavadoras ni las secadoras y cada ocho días iba una lavandera por dos días, uno para lavar y otro para planchar; pobres mujeres).
Mami había mandado hacer un gallinero con tela de alambre y un techito en la zotehuela, arriba de donde daba clases de inglés en The English Academy, ¿te acuerdas? Y Letty daba clases de mecanografía, había ocho máquinas de tecleo de lo más antiguas. Bien, pues allí en el gallinero iban a dar los guajolotes a principios de diciembre, y se les alimentaba con maíz quebrado y salvado natural en agua. Era mi tarea los fines de semana lavar las palanganas, desechadas ya como aguamaniles. Me acuerdo tan bien por el asco que me daba limpiarlas del alimento para que se volvieran a usar. Además de los dos o tres guajolotes (ahora elegantemente llamados pavos), había uno o dos gallos y varias gallinas. Diario se recogían huevos frescos, incluso se llegaban a poner cluecas las gallinas y empollaban verdaderas monadas de pollitos que a mí me encantaban. A veces se mataban las gallinas o las palomas para comerlas y los huevos ayudaban a estirar el gasto para la economía familiar.
¡Cómo luchaba Mami porque todo rindiera y se aprovechara al máximo, además de trabajar como directora de la Academia, ser maestra, esposa, madre y ama de casa! Me quito el sombrero ante nuestra mamá, en serio.
Luego, el día 16 exactamente, se ponía y decoraba el árbol natural, enorme antes mis ojos que todo le bebía y lo iban almacenando en la memoria. A Hugo, Ivonne y a mí, sólo se nos permitía observar, pues éramos muy chicos: once, seis y cuatro años, respectivamente. Creo que Hugo sí le ayudaba a Gabriel a colocar con tachuelas en la pared de la sala pliegos de cartoncillo azul cielo tachonados de estrellas recortadas de papel plateado, y alrededor del árbol decorado con esferas, que a mí me parecían mágicas por los destellos que reflejaban, se ponía el Nacimiento con figuritas de barro que Mami había comprado en Tlaquepaque antes de que yo naciera. Había lago simulado con espejos, cascada con hilos de plata de papel, papel manila arrugado para simular los montes de Belén, y pastorcitos y borreguitos, y garzas y animalitos, pececillos, todos formaditos en procesión para adorar al Niño Dios que con sumo cuidado y reverencia se pondría la mañana de Navidad.
¡Qué hermoso es recordar! Los aromas de las galletas de miel en el horno, celosamente guardadas en el despensero de madera que después fue tuyo, allá en la Unidad Modelo. Todos los cajones con llave, para que rindieran, y cuando llegaban visitas, el té obligado servido con mince meat pies, las galletas de avellana, los date chews, receta de Cousin Nellie, las de maicena (te confieso que a mí nunca me han quedado tan ricas), las de jengibre, el black cake y el plum pudding flameado, en fin, todo un deleite que desde entonces, para mí, me parece imperdonable dejar de hacer, con la esperanza de que mis hijos y mis nietos tengan los mismos, o cuando menos parecidos, recuerdos de la reunión navideña pasada con nuestros padres.
La sopa de espárragos, el relleno del pavo, éste rodeado en el horno por papas y cebollas, colecitas de Bruselas en mantequilla. El cranberrie o arándano, que entonces vendían crudo en La Puerta del Sol o La Giralda, tiendas únicas de ultramarinos, y se cocinaba en casa. ¡Cómo trabajábamos! Allí sí nos ponían a los chiquillos a ayudar, a picar, a barnizar; y a Hugo, qué risa, le tocaba matar los guajolotes: Primero les metía un chorro de tequila (para ablandar la carne), y luego, bien borrachitos, los agarraba y de un hachazo les cercenaba la cabeza. Ivonne y yo, entre risas y miedo, dizque le ayudábamos a sostener una cubeta para atrapar la sangre, y luego, a ayudar a las sirvientas a desplumarlos y desencañonarlos muy bien, con agua hirviendo, que olía espantoso. No me acuerdo cuándo los abrían para sacarles las vísceras, pero para el 26 Mami hacía un consomé con los hígados y las mollejitas bien picaditas. Todo eso a mí no me gustaba, pero era parte de lo que se hacía. Con la carne que quedaba pegada al esqueleto de las aves, la cocinera hacía también, el día 26, enchiladas de mole rellenas de pavo deshebrado.
Ah,¡qué memoria tengo!, ¿verdad? A lo mejor cuando tú eras más joven y yo más bebita no se hacían todas esas cosas, tú tienes tus propios recuerdos.
No puedo olvidar que Mami ponía al pie de nuestras camas medias vacías, la noche del 24 antes de irnos a dormir, y tempranito, con el pie, era de lo más emocionante sentir y oír el crujir del papel de china rojo con el que invariablemente Santa Claus nos dejaba un regalito que cabía dentro de la media. Podía ser una pelotita o una muñequita, algo que siempre nos encantaba, y no faltaba una bolsita de dulces de colación de la temporada, una mandarina y una manzana perfecta y roja de California. ¡Ay, qué maravilla! Entonces, de un salto, Ivonne y yo bajábamos las escaleras silenciosamente aún en camisón (no se usaban las pijamas) hasta entrar en la sala y encontrar al pie del árbol un regalo de nuestro Santa Claus, obedeciendo a algún pedido hecho en nuestra cartita navideña. Y abrir los regalos, y a correr alborotadas a despertar a Papi y Mami para enseñarles todo lo que nos había dejado el viejito santo de las largas barbas.
Infancia feliz de mis recuerdos. Hoy te la quise compartir para llenarte del amor que nos dejaron nuestros padres, con todos estos detalles y tradiciones tan nuestras como familia especial que fuimos.
Luego, pasaron los años, se casaron ustedes los grandes, y las Navidades fueron cambiando, creciendo y llenándose del alboroto con los nietos y las comilonas que ahora se hacían en tres tandas: una para los pequeños, otra para los adolescentes y la última para los adultos.
Qué familia, qué tesoros llevamos en nuestros corazones y en la mente, tanto tú como yo, y hoy quise estar cerca de ti con mi nostalgia. Ojalá te haya hecho sentir mejor.
Tu Baby Sister,
Susana